—Se supone que íbamos a confiar en el otro y no decir mentiras. —Me miró con odio.—
Solo te duró medio día la promesa.
Cuando volvimos a la mesa, ustedes estaban muy felices coqueteando.
—No… ¿qué te pasa por Dios, Dante?
No estábamos coqueteando.
Nada más lejos de la realidad.
Él se volvió a acercar a mí y tocó mi cabello.
—Si no estaban coqueteando, ¿por qué mierdas él estaba tocándote?
¿Y por qué, desde que llegaron al restaurante, empezaron a hablar entre ustedes como si no existiéramos