La noche había sido mágica.
No de esa forma vacía y repetida con la que algunas personas intentan adornar un recuerdo… sino mágica de verdad. De esas que marcan un antes y un después, que se graban en la piel y no se olvidan, aunque pasen los años.
Pavel me ingresó a nuestro hogar entre sus brazos como si cargarme así fuera lo más natural del mundo. Su paso era firme, decidido, como si me perteneciera. Al cruzar la puerta, Alexei y Roman ya estaban allí, esperándonos. Sus miradas se encontraron