Emma
La noche es oscura, casi sofocante. Solo las sombras de los árboles proyectadas por la tenue luz de la luna iluminan el camino hacia el exterior de la cabaña.
La brisa fría acaricia mi rostro, pero no calma el temblor en mis manos. Estoy de pie frente a Beatriz, que ha llegado corriendo desde la habitación contigua, alarmada por mis gritos.
—¿Qué pasa, señorita Emma? ¿Qué ha ocurrido? —pregunta, su rostro pálido y los ojos grandes y asustados clavados en mí.
Luna empieza a llorar en mis br