El aire en el interior de la misión no solo vibraba; ardía con una fosforescencia dorada que parecía emanar de los poros mismos de la madera y la piedra. En el centro de este vórtice de energía, Aura sostenía a Selene contra su pecho desnudo, sintiendo cómo el pequeño corazón de la recién nacida latía en una sincronía perfecta con el suyo. La sofisticación de este nacimiento había roto las leyes de la biología convencional; Selene no era solo una niña, era un nodo viviente, una interfaz orgánic