La noche sobre el puerto de Hong Kong no era simplemente oscuridad; era una amalgama de neones eléctricos y sombras líquidas que se reflejaban en el casco de los superyates anclados en el Victoria Harbour. Desde el piso sesenta de la Torre Vortex, Aura Valente observaba el mundo como una deidad que contempla un tablero de ajedrez a punto de incendiarse. Su silueta, envuelta en un vestido de seda color medianoche que costaba más que la vida de cualquiera de sus empleados, se recortaba contra el