POV de Enzo
El dolor en mi muslo era una sinfonía eléctrica que me recordaba, con cada latido, que mi creación finalmente había cobrado vida propia. Mathilda no solo me había apuñalado; me había entregado en bandeja de plata a Miller.
—No se mueva, Hereza —gruñó el médico de la prisión, un hombre con aliento a tabaco barato y manos que temblaban más de lo debido.
—Haz tu trabajo y cállate —respondí, apretando los dientes.
No grité. Los hombres como yo no gritan; nosotros memorizamos el dolor par