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POV de Mathilda

La pantalla de mi teléfono satelital seguía encendida, mostrando ese grano digital de la cámara de seguridad: mi madre, durmiendo bajo el arrullo de las máquinas, y esa sombra masculina sentada a su lado, sosteniendo una jeringa como si fuera un cetro. El mensaje de Enzo no necesitaba palabras. Era una ejecución en pausa, un recordatorio de que mi victoria en el Hotel Plaza había sido un castillo de naipes construido sobre un cementerio.

—Señora Hereza, el perímetro está asegura
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