Isadora rodeó el cuello de Mateo con sus brazos y sintió un calor punzante en todo su cuerpo.
Mateo se inclinó sobre ella y con suavidad, comenzó a recorrer su cuello con besos húmedos y delicados, cada uno la hizo estremecer.
—Isadora… —susurró.
—¿Q-qué? —se sobresaltó, asustada—. No hables en momentos así, me da mucha vergüenza.
Isadora no sabía dónde esconderse.
Mateo se incorporó en la cama y abrió los ojos al descubrir a Isadora visiblemente nerviosa, con el rostro encendido y los ojo