Isadora regresaba a la mansión Delacroix junto a Mateo. Él conducía en silencio, con una mano en el volante. Isadora miraba por la ventana, con el abrigo de cuero aún sobre los hombros.
El corazón le latía con fuerza por todo lo que había pasado esa noche.
—¿Por qué no aceptaste ir de inmediato? —rompió el silencio—. Esa familia tiene mucho dinero, podrán comprarte ropa nueva.
—No iba a dejar a Karina atrás —respondió, abrazada a sí misma—. Ella ha hecho tantas cosas por mí, ¿entiendes? Yo s