—No voy a dejarte, Nolan —dijo ella, con su voz quebrada por la emoción contenida—. No importa lo que pase, estaré contigo.
La habitación estaba en penumbra, iluminada apenas por la luz pálida que se filtraba por las cortinas mal cerradas. El silencio era casi absoluto, roto solo por el sonido irregular de la respiración de Nolan, que parecía luchar con cada inhalación.
Alaia lo miraba, la preocupación dibujada en cada línea de su rostro. Su piel estaba empapada en sudor, el calor de la fiebre