—No, no andamos juntos —replicó Nolan con frialdad—. Y te agradecería que te metieras en tus propios asuntos, Rebeca.
La asistente parpadeó, sorprendida por la dureza de su respuesta, y retrocedió un paso, sintiendo el aire entre ellos volverse más denso.
—Disculpe, doctor Nolan —musitó la asistente, azorada—. A veces soy muy imprudente.
Alaia se disculpó en voz baja, ignorando la punzada en su pecho. Se despidió de la titubeante chica, tratando de alcanzar a Nolan.
Cuando finalmente llegaron a