El desayuno había terminado con la misma suavidad con la que comenzó: entre risas contenidas, miradas cómplices y el roce constante de sus manos sobre la mesa. Terminó consumiendo hasta una segunda taza de capuchino, comiendo incluso aún más frutas, sobre todo de esas que la hacían sentirse casi primitiva cuando hundía los dientes en ellas, como el durazno jugoso que, ante los ojos de su esposo, disfrutó mientras los dos se perdían en una conversación profunda, sincera y cargada de esas disculp