La afianzó desde la nuca, comiéndole la boca, y la apretó contra su cuerpo, sin un solo ápice de duda, pero tampoco con presión ni necesidad de hacerse sentir superior. Las manos pequeñas se sintieron perfectas en su cuerpo, en su piel, y necesitado, el oscuro pidió:
—Tócame, tócame, colibrí, tócame, por favor —indicó con ese tono profundo, rogando por un roce que, por cinco días, había extrañado—. Mi colibrí, mi buena, dulce, noble colibrí… cómo lo siento. Cómo siento haberte hecho llorar, hab