Mundo ficciónIniciar sesiónAdara Medina siempre supo que su apellido conllevaba responsabilidades, pero jamás imaginó que sus propios padres la usarían como un salvavidas. Para salvar a la familia de la quiebra y recuperar su estatus, es vendida al mejor postor. Damián Valente, él es un hombre de un poder inimaginable, implacable y con una fortuna tan incalculable como su frialdad. Para Damián, ella es solo un trofeo; para Adara, él es una jaula de oro. Sin embargo, el corazón de Adara ya tiene dueño. O al menos eso cree ella. Adrián Gutiérrez es el hombre por el que suspira, el que jura amarla en secreto. Pero detrás de sus promesas se esconde una ambición desmedida. Adrián ve en el apellido Medina el escalón perfecto para ascender a la cima, ignorando por completo que la dinastía en la que busca refugiarse es solo una farsa sostenida por los engaños de una familia sin escrúpulos. Atrapada en una red de mentiras, Adara deberá sobrevivir a la gélida e imponente presencia de su nuevo dueño, mientras el hombre en quien confía planea su propio ascenso a costa de ella. En un juego donde el poder se paga con sangre y los sentimientos son la debilidad más peligrosa, Adara descubrirá que, a veces, el enemigo más temible no es el que te compra, sino el que te jura amor eterno.
Leer másEl precio de un apellido es el sacrificio del corazón.
Adara
Hoy hace un sol hermoso y el clima, aunque un poco caluroso, es perfecto. Lástima que Adrián tuvo que trabajar; me habría gustado pasar la tarde con él en vez de estar aquí, intentando terminar de leer este libro mientras mi mente solo puede pensar en él, en su sonrisa y en las promesas que nos hicimos a escondidas. Recordar cómo casi pierdo la cabeza entre sus brazos, un año juntos y aun no me atrevo a… el día que me haga suya, debe ser el día más perfecto de mi vida.
Nuestra noche de bodas.
Dejo escapar un suspiro y aparto la mirada de las páginas, fijándola en el jardín. Intento concentrarme, pero el ambiente en esta casa siempre es pesado, como si el aire mismo recordara las deudas y las apariencias que mis padres se esmeran tanto por mantener. Mi padre no hace más que tomar malas decisiones con respecto a la empresa, mi madre no sale del centro comercial, claro es un pecado mortal para ella dejar de consentir a su adorada hija.
—Adara hija, aquí estas —La voz de mi madre me sobresalta y me hace incorporar con rapidez—. Toma mi amor. Hace calor, necesitas refrescarte. —Esboza una sonrisa que me hace estremecer internamente, ella nunca me trata así, su tono es demasiado dulce y sus gestos son como si de pronto me hubiera convertido en Briana.
Parpadeo, sorprendida, al ver que extiende hacia mí un vaso de cristal empañado por el frío, lleno de una limonada con hielo. La miro en silencio, sin poder ocultar mi desconcierto. Los gestos amables no existen en su vocabulario, al menos no conmigo. Para mis padres, la única que merece atenciones, mimos y un futuro brillante es mi hermana menor, Briana. Ella es el sol que ilumina sus vidas, la joya de la corona; yo, en cambio, solo soy la sombra que debe sacrificarse para que ella nunca pierda su brillo.
—Gracias, mamá —murmuro, tomando el vaso con mano temblorosa.
Las paredes de hielo del cristal se sienten reconfortantes contra mis palmas sudorosas. Mi madre me dedica una sonrisa que no llega a sus ojos, una mueca extraña que me revuelve el estómago, pero decido ignorar mi intuición. Quizás, por una vez en la vida, simplemente está teniendo un gesto genuino.
Trago saliva, para deshacer el miedo que se me atraviesa en medio de la garganta. La tengo seca, así que le doy un trago largo y generoso. El líquido refrescante baja por mi garganta, pero deja un gusto amargo al final. Como si los limones hubieran estado podridos. Bebo solo la mitad del contenido y dejo el vaso en la mesita del jardín.
—Tómatelo todo —insiste—, de un solo trago, que se va a calentar. —Su mirada se mantiene fija en mis movimientos, casi sin pestañear.
Su tono me da escalofríos. Dudo si volver a beber, pero ella toma el vaso de la mesa y me lo extiende de nuevo, un extraño presentimiento se me instala en la boca del estómago, pero termino la bebida bajo su atenta supervisión. Apenas asiento para indicarle que he terminado, ella me arrebata el vaso vacío de las manos al tiempo que su sonrisa se ensancha un poco más si es que eso es posible.
—Buena niña, obediente y útil. —Se da la vuelta a toda prisa y desaparece por el pasillo sin decir una palabra más.
Me quedo sola en el sillón, estática, con el libro abierto sobre la mesa y tratando de comprender la última frase: obediente y útil. Intento retomar la lectura, pero las letras empiezan a borrarse. Mi estómago se siente extraño, como cuando se navega en barco. Mis párpados, de repente, pesan no puedo mantenerlos abiertos, por más que lo intento. El calor del día se transforma en una pesadez asfixiante que me recorre las venas. Un zumbido agudo comienza a aturdirme los oídos y el suelo parece balancearse bajo mis pies.
Algo anda mal. Muy mal.
Intento ir adentro por ayuda, pero mis piernas no responden; se sienten como gelatina. El libro resbala de la mesa cuando sin querer tropiezo con ella y cae al suelo con un golpe sordo que escucho a la distancia, como si estuviera sumergida bajo el agua. La luz del sol que se filtra por entre las ramas de los arboles empieza a desvanecerse, tornándose en una oscuridad densa que me arrastra hacia abajo.
Adrián... —pienso, en un último y desesperado suspiro, antes de que el mundo se apague por completo.
…
Un dolor de cabeza punzante me devuelve a la realidad. Siento los párpados pesados, pegados por un sueño que no siento en la cabeza. Trago saliva, pero tengo la boca tan seca que me escuece la garganta. El sabor a limonada amarga ya no está; solo queda un ligero gusto a agrio en mi paladar, el aire que respiro huele a limpio, a una fragancia costosa, masculina y extrañamente imponente que jamás había percibido en mi casa. Adrián me rescató. Pero ese no es su perfume.
Abro los ojos de golpe, espantada por la desorientación que me golpea con fuerza. Me sujeto de las sabanas cuando todo da vueltas y la bilis se me sube por la garganta, pero no llega a salir. Respiro hondo e intento que mi estómago se calme mientras enfoco nuevamente la vista, esta vez lo hago despacio.
No estoy en el viejo sillón de mi habitación, ni el mi jardín de mis padres. Me encuentro recostada sobre una cama colosal, envuelta en sábanas de seda gris oscuro tan suaves que parecen irreales. Parpadeo un par de veces, intentando que mi vista borrosa se estabilice, y recorro el lugar. Es una habitación gigantesca, con un diseño digno de un dios nocturno, elegante y aburrida. Paredes de tonos oscuros, muebles de madera fina y un ventanal enorme que muestra un paisaje que no reconozco.
El pánico se dispara en mi pecho, acelerando los latidos de mi corazón. ¿Dónde estoy? ¿Qué me pasó?
El recuerdo del vaso de limonada golpea mi mente como un balde de agua fría. Me drogó. Mi propia madre me puso algo en la bebida.
—¡Mamá! ¡Briana! —grito, pero mi voz sale rasposa, apenas un hilo de voz que se pierde en la inmensidad de este lugar.
Me obligo a sentarme, luchando contra el mareo que me hace tambalear. Me deslizo fuera de la cama y mis pies descalzos tocan el suelo frío, enviando un escalofrío por toda mi columna. Me quedo quieta, esperando a que mis piernas se acostumbren al peso de mi cuerpo, mientras mi cerebro busca estabilidad para poder funcionar.
Camino hacia la puerta cerrada con la desesperación ardiendo en mi pecho.
Sujeto la manija metálica y la empujo con fuerza. No cede. La jalo hacia mí, la muevo de un lado a otro, golpeando mi cuerpo contra la madera. Nada. Estoy encerrada. Alguien me ha encerrado con llave para asegurarse de que, no pueda escapar. El aire empieza a faltarme en los pulmones, mis piernas pierden fuerza y caigo de rodillas al tiempo que mi mano hecha puño golpea la puerta con toda la fuerza de la que soy capaz.
En mi cabeza, cientos de preguntas se forman sin control y todas giran en torno a una sola: ¿Qué hicieron mis padres conmigo?
He cruzado las puertas del infierno, pero no me resigno a ser una de las condenadas al fuego eterno.AdaraCuento hasta diez antes de salir de mi escondite. Abro la puerta con cuidado y asomo la cabeza; al no ver a nadie, me lanzo hacia la puerta principal y la abro de golpe; no obstante, me quedo de piedra cuando dos hombres, enormes y robustos, se giran ambos en mi dirección. Me miran como si esperaran una explicación de mi parte, pero reacciono rápidamente y me aprovecho del momento y me lanzo corriendo hacia el frente con todas mis fuerzas.A mitad de la escalinata, mi pie falla al pisar y resbalo. Mi culo rebota un par de veces antes de llegar hasta abajo. Un dolor punzante se me extiende desde el codo del brazo derecho por todo el cuerpo y se mezcla con el ardor en mis rodillas. Aprieto los dientes y me trago el dolor e intento ponerme de pie, pero al levantarme e intentar erguirme para correr de nuevo, uno de mis pies falla y me deja caer de nuevo.Esta vez el dolor es mucho má
A la una. A las dos. Y a las tres. ¡Vendida!DamiánCreo que hasta ahora jamás me había excedido con las cosas que compro. Supongo que fui impulsivo, pero si el dinero no sirve para eso, ¿entonces para qué tengo tanto? Apruebo el pago y le ordeno a mis hombres que retiren la mercancía en la dirección del vendedor. Es la primera vez que me involucro en algo tan enfermo; es tan bajo y asqueroso, pero confieso que la sensación de poder es excitante.Además, viéndolo desde cierto ángulo, podría decir que se trata de una obra benéfica. Al menos no soy uno de esos tipos asquerosos que ya tenían planeado cómo disfrutar de cada dólar invertido. Conmigo no tendrá por qué preocuparse por esas cosas; puedo encontrar placer cuando se me dé la gana. Y quizás, hasta hayan exagerado sus supuestos atributos divinos.Ninguna mujer en esta época es virgen ni santa.Abandono el salón de la subasta, donde las luces de araña de cristal relucen con orgullo sobre la alfombra de terciopelo, y voy directo al
Atrapada en medio de la ambición y la misoginia del dinero.AdaraIntento desesperadamente conseguir una salida, pero es imposible escapar. La puerta está cerrada con llave, las ventanas están aseguradas, al igual que las puertas dobles que dan a una especie de terraza. Necesito salir de aquí y llamar a Adrián; estoy segura de que él puede ayudarme con lo que sea que mis padres hayan hecho conmigo.De pronto, la cerradura de la puerta oscila y se abre. Un hombre vestido con traje negro entra con aires de nobleza; las comisuras de sus labios se curvan ligeramente al verme despierta. Me dedica una mirada que no sabría cómo describir: ¿lástima? ¿desdeñosa?Retrocedo instintivamente cuando él cruza la habitación y se acerca. Sus pasos se detienen a un metro de distancia de mí. Mi corazón late sin control, siento que se me va a salir por la boca al tiempo que un terror intenso se me forma en la boca del estómago. No puedo respirar. Mis manos tocan una superficie de madera detrás de mí y se
El precio de un apellido es el sacrificio del corazón.AdaraHoy hace un sol hermoso y el clima, aunque un poco caluroso, es perfecto. Lástima que Adrián tuvo que trabajar; me habría gustado pasar la tarde con él en vez de estar aquí, intentando terminar de leer este libro mientras mi mente solo puede pensar en él, en su sonrisa y en las promesas que nos hicimos a escondidas. Recordar cómo casi pierdo la cabeza entre sus brazos, un año juntos y aun no me atrevo a… el día que me haga suya, debe ser el día más perfecto de mi vida.Nuestra noche de bodas.Dejo escapar un suspiro y aparto la mirada de las páginas, fijándola en el jardín. Intento concentrarme, pero el ambiente en esta casa siempre es pesado, como si el aire mismo recordara las deudas y las apariencias que mis padres se esmeran tanto por mantener. Mi padre no hace más que tomar malas decisiones con respecto a la empresa, mi madre no sale del centro comercial, claro es un pecado mortal para ella dejar de consentir a su adora





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