Mundo ficciónIniciar sesiónA la una. A las dos. Y a las tres. ¡Vendida!
Damián
Creo que hasta ahora jamás me había excedido con las cosas que compro. Supongo que fui impulsivo, pero si el dinero no sirve para eso, ¿entonces para qué tengo tanto? Apruebo el pago y le ordeno a mis hombres que retiren la mercancía en la dirección del vendedor. Es la primera vez que me involucro en algo tan enfermo; es tan bajo y asqueroso, pero confieso que la sensación de poder es excitante.
Además, viéndolo desde cierto ángulo, podría decir que se trata de una obra benéfica. Al menos no soy uno de esos tipos asquerosos que ya tenían planeado cómo disfrutar de cada dólar invertido. Conmigo no tendrá por qué preocuparse por esas cosas; puedo encontrar placer cuando se me dé la gana. Y quizás, hasta hayan exagerado sus supuestos atributos divinos.
Ninguna mujer en esta época es virgen ni santa.
Abandono el salón de la subasta, donde las luces de araña de cristal relucen con orgullo sobre la alfombra de terciopelo, y voy directo al sótano a ocuparme de lo que realmente me trajo esta noche hasta aquí. Aún no entiendo del todo por qué me detuve frente a esa puerta ni por qué entré. Para empezar, pujar una y otra vez para ganar algo no es mi estilo, pero quizás por eso nadie se atrevió a superar mi oferta cuando la dije en voz alta. Una cifra exagerada, obscena y ridícula, para un premio que se escuchaba bonito y único en la boca del anfitrión.
El descenso al sótano es un viaje directo a otro mundo. El aire limpio y perfumado se transforma a medida que mis pisadas retumban en los escalones de concreto. En el área subterránea, las apuestas crecen a cada segundo en medio de un griterío ensordecedor. Las luces estroboscópicas de tono rojo y amarillo cortan la penumbra, iluminando el denso humo de los cigarrillos que flota pesado en el ambiente. El olor a tabaco barato, alcohol y sudor se me mete por la nariz, mezclándose con el sabor de la adrenalina que empieza a recorrerme las venas como una ola de excitación violenta.
Me quito la chaqueta y subo al ring, donde mi oponente ya me espera dando saltos de un lado al otro.
Desde hace cinco años soy el único campeón de las peleas ilegales; no importa qué oponente se ponga delante de mí, siempre consigo derribarlo. Mientras me abro paso entre la multitud de apostadores que vociferan con los billetes en la mano, un pensamiento tan fastidioso como un grano de arena en las pelotas se me clava en la cabeza: me gustaría, por primera vez, enfrentarme a un rival que realmente valga la pena.
Me quito la chaqueta y la arrojo hacia uno de mis hombres, sintiendo el aire frío de la noche chocar contra la piel de mis brazos tatuados. La sangre me arde y retumba en mis tímpanos. Subo al ring de cuerdas desgastadas, donde la luz cae sobre mi oponente, que ya me espera dando saltos de un lado a otro y mostrando los dientes en una sonrisa confiada que pienso borrarle a puñetazos. Me quedo en mi sitio esperando a que él haga su primer movimiento; sin embargo, tampoco se mueve.
Así que tenemos a alguien que sí hizo su tarea.
Al notar mi mirada, los saltos cesan, la sonrisa arrogante desaparece. Se mantiene erguido en la esquina opuesta, con la guardia alta, la mirada fija en mí y una compostura que no es habitual en esta clase de cuchitril. Me estudia. Estudia la distancia entre nosotros, mide el peso de mis pasos sobre la lona antes de que la primera campanada suene.
Desde el primer segundo lo entiendo: al fin tengo lo que por tanto tiempo he deseado. Un oponente que vale la pena. Espero no decepcionarme.
La señal retumba en el sótano. Los gritos estallan. Las apuestas se cierran. Mi nombre golpea las paredes en medio de aclamaciones. No se abalanza sobre mí. Mantiene la distancia, usando un jab preciso para tantear mi reacción y esquivando mis primeros ataques con movimientos de cabeza veloces. No se deja llevar por el rugido de la multitud ni por la adrenalina del entorno; calcula cada uno de mis giros, anticipa el alcance de mis brazos y bloquea mis combinaciones con una técnica limpia. Es un estratega, pero no es lo suficientemente bueno como para vencerme realmente.
De un momento a otro, el intercambio se vuelve brutal. La velocidad de la pelea cambia; ya no se trata solo de esquivar o bloquear, ahora debe atacar y bloquear al mismo tiempo. Mi respiración se vuelve más pesada, más peligrosa, mientras mis puños impactan contra sus antebrazos y su mandíbula. Él responde devolviéndome golpes certeros al torso que me obligan a apretar los dientes. La sangre de mis nudillos empieza a brotar, pero soy incapaz de detenerme.
Aprovecho un microsegundo en el que intenta un gancho demasiado ajustado; esquivo por la izquierda y conecto un croché directo a su mentón con toda la fuerza de mi hombro. El impacto suena seco. Mi oponente pierde el equilibrio y cae pesadamente de espaldas al suelo.
La multitud estalla en gritos salvajes, agitando billetes en el aire. Mientras el tipo sacude la cabeza en el piso tratando de recuperar el aire, uno de mis hombres de confianza se acerca al borde del ring. Se empina sobre las cuerdas y se inclina hacia mi oído, hablando por encima del barullo.
—Señor, la mercancía ya está asegurada en la mansión. Todo salió sin contratiempos. —Asiento volviendo al centro del ring.
La mención de mi compra rompe el trance de la pelea. Una chispa fría me recorre la espina dorsal. Ya está en mi casa, ya es parte de mi propiedad.
Mi oponente se pone en pie antes de que la cuenta llegue a seis. Limpia el hilo de sangre de su labio con el dorso de su mano y vuelve a armar la guardia, tan sereno como al inicio, listo para reanudar el combate. El árbitro da la orden y volvemos a chocar. Nos intercambiamos dos combinaciones rápidas que me dejan un corte fino en el pómulo y a él un hematoma en las costillas. Sin embargo, mi mente ya no está del todo aquí. El misterio que acaba de instalarse en mi mansión exige mi presencia y la paciencia se me ha agotado.
Decido que esto ha sido suficiente.
Acepto recibir un gancho menor en el hombro para cerrar la distancia de forma definitiva. Desvío su guardia derecha con la mano izquierda y, utilizando toda la inercia de mi cuerpo, le encajo un derechazo devastador directamente en el botón de la barbilla. Un golpe limpio y sin desperdicio de energía.
Sus ojos se vuelven blancos por una fracción de segundo y su cuerpo se desploma inerte sobre la lona.
Sin molestarme en mirar hacia abajo y sin esperar a que el árbitro termine la cuenta de diez, me giro y me paso entre las cuerdas para bajar del ring. La multitud sigue rugiendo mi nombre, pero no me detengo a celebrar. Agarro mi chaqueta, me la coloco sobre los hombros y limpio la sangre de mis manos con un paño que me entrega mi hombre mientras me dirijo a la salida.
Tengo un juguete nuevo que evaluar.







