Mundo ficciónIniciar sesiónHe cruzado las puertas del infierno, pero no me resigno a ser una de las condenadas al fuego eterno.
Adara
Cuento hasta diez antes de salir de mi escondite. Abro la puerta con cuidado y asomo la cabeza; al no ver a nadie, me lanzo hacia la puerta principal y la abro de golpe; no obstante, me quedo de piedra cuando dos hombres, enormes y robustos, se giran ambos en mi dirección. Me miran como si esperaran una explicación de mi parte, pero reacciono rápidamente y me aprovecho del momento y me lanzo corriendo hacia el frente con todas mis fuerzas.
A mitad de la escalinata, mi pie falla al pisar y resbalo. Mi culo rebota un par de veces antes de llegar hasta abajo. Un dolor punzante se me extiende desde el codo del brazo derecho por todo el cuerpo y se mezcla con el ardor en mis rodillas. Aprieto los dientes y me trago el dolor e intento ponerme de pie, pero al levantarme e intentar erguirme para correr de nuevo, uno de mis pies falla y me deja caer de nuevo.
Esta vez el dolor es mucho más intenso y me deja sin aire en los pulmones. Desde el interior de la mansión se oyen gritos y pasos apresurados que llegan hasta la parte superior de la escalinata. Al tiempo que los tipos que vigilan la entrada se detienen a mi lado, cada uno me coge por un brazo y me levantan entre los dos. El hombre mayor ordena que me lleven de nuevo a la habitación del señor y que me encierren con llave. Las empleadas murmuran entre risitas mal disimuladas y miradas de desprecio que no tienen miedo ni pudor en lanzarme.
No les hago caso; el cuerpo me duele demasiado como para fijarme en esas cosas; además, ya estoy acostumbrada a que hablen mal de mí y me miren con desprecio. Uno de los sujetos se ofrece a llevarme en brazos al ver que no puedo apoyar bien uno de los pies, pero no se dirige a mí para pedir mi permiso, sino a su compañero para que él se quede en la puerta. Ya ni dignidad me queda, soy tratada como a una cosa que no tiene voz ni voto.
Quizás no pueda escapar hoy, pero juro que no voy a quedarme aquí de brazos cruzados a esperar a que ese tal Valente regrese a reclamar lo que pagó.
Las manos de este sujeto se apoyan en partes de mi cuerpo que me hacen sentir avergonzada y con el miedo al máximo nivel posible. Trato de hacer que me suelte; sus dedos se cierran con más fuerza sobre mi carne, provocando que el dolor se vuelva aún más intenso.
—¡Quédate quieta, putita! —me advierte en tono amenazante—, o el jefe no será tan blando como yo —añade con sorna, haciéndome temblar de pies a cabeza.
Las palabras mueren al fondo de mi garganta al tiempo que las lágrimas se me acumulan en los ojos. Decido quedarme quieta, soportar la humillación de sus manos tocando mi cuerpo, todo por preservar mi vida y la posibilidad de mantenerla en el futuro. Volvemos a la misma habitación; me tira sobre el colchón como a un trasto. Aprieto los dientes, pero no me quejo. Solo me quedo ahí viendo cómo se da la vuelta y sale cerrando la puerta con llave y llevándose tras de sí todas mis posibilidades de alcanzar la libertad esta noche. Pero juro que no me voy a rendir, voy a salir de aquí.
Con cuidado y soportando el dolor, me arrastro hasta la cabecera de la cama, donde recargo la espalda, soltando un jadeo profundo y desgastador que me deja sin aliento. Me examino superficialmente con la mirada; tengo las rodillas heridas, algunas líneas de sangre me resbalan por las piernas y el tobillo del pie lo tengo muy inflamado; es posible que me lo haya torcido.
El codo también me duele, pero al menos no está herido. Todo lo demás son solo golpes.
¿Cómo es que me resbalé? ¿Cómo es que perdí la oportunidad de salir de este lugar tan estúpidamente?
No vale la pena perder el tiempo tratando de responder preguntas que, en primer lugar, no deberían existir. Yo no debería estar aquí; me resisto a creer que lo que esas mujeres dijeron sea la verdad; mis padres no pueden ser tan crueles. Sé bien que nunca me han amado, pero es imposible que sean capaces de venderme, de entregarme a las manos de cualquier hombre solo por dinero.
Yo dejé de lado mis sueños. Dejé los estudios para poder trabajar y llevar dinero a la casa porque mi papá dijo que la empresa estaba mal y sí, quizás no sea tanto el dinero, pero siempre le entrego todo mi sueldo; eso debería ser suficiente. Las lágrimas que llevo rato conteniendo salen a borbotones mientras un dolor mucho más intenso que el de los golpes se instala en medio de mi pecho.
Me limpio la cara con el dorso de la mano y oculto mi tristeza bajo una máscara de indiferencia cuando escucho unos pasos afuera de la puerta. Se abre y el mayordomo aparece de nuevo; una de las mujeres que escuché hablando en el armario viene con él y trae un botiquín de primeros auxilios colgando de su mano. Me lanza una mirada lastimera y niega con la cabeza a la vez que le hace una señal a la empleada para que se acerque a mí.
—No hace falta, lárguense —espeto con frialdad y me cubro con la sabana.
—El señor Valente viene en camino y me pidió que me asegurara de que usted se encontraba bien luego del incidente —explica sin inmutarse y le ordena a la chica que continúe.
Me aferro a la sábana con más fuerza para evitar que ella me descubra las piernas y confirme su teoría de lo patética e insignificante que soy en este mundo.
—¡Ya les dije que se pueden ir a la m****a! —les grito esta vez y empujo a la mujer que ya se ha parado a mi lado.
—No nos obligue a usar la fuerza, señorita Medina. Usted es la invitada del señor Valente y es nuestro deber atenderla con el decoro correspondiente, pero si no nos deja otra opción, le aseguro que…
—Dejen las cosas ahí y yo misma me atenderé —interrumpo sus palabras imaginando a esos hombres tocándome de nuevo.
Me mira sin inmutarse.
—No está en posición de negociar, Clara está aquí para atenderla —dice y me doy cuenta de que no tengo opción.
De nuevo me trago el orgullo y accedo.
—Espero que su jefe pague muy caro por lo que me está haciendo. Yo no tengo nada que ver con los tratos que haya hecho con mi familia —señalo entre dientes.
Me aguanto el ardor que me produce el alcohol sobre las heridas de las rodillas.
—Cuando el señor Valente llegue, podrá plantearle el tema, pero por el momento nosotros solo cumplimos con sus órdenes —contesta impasible.
Me quedo en silencio. No vale la pena gastar saliva en él. Aprieto los puños con tanta fuerza que las uñas se me clavan en las palmas de las manos, distrayéndome de los movimientos de la mujer que se me asegura de pasar el algodón cargado de suficiente alcohol por mis rodillas como si quisiera dejarme claro que en esta casa soy solo una cosa que no merece ninguna consideración.
Sobre todo, al ver la satisfacción en la sonrisa velada que se dibuja en sus labios.
—Señor López, mire —musita la empleada señalando mi tobillo inflamado—. Es necesario que la vea un médico —añade apartándose para que el mayordomo me vea el pie.
—El señor Valente nos dirá qué hacer en cuanto llegue —asegura y le ordena terminar con todo lo demás.
Cuando termina, guarda todo dentro del botiquín y se aparta. El mayordomo me asegura que su señor llegará en cualquier momento y ambos salen de la habitación, dejándome a solas con mis pensamientos y mi tristeza.







