Narrado por Lara
La recepción del consultorio estaba helada, incluso con el calor abrasador del exterior. Me senté en el sillón beige con las manos sobre el vientre, intentando controlar la ansiedad. La médica aún no me había llamado, pero el bebé estaba inquieto. Mis dedos rozaban instintivamente mi barriga — una caricia que quizás era más para mí que para él.
Necesitaba respirar. Necesitaba que los latidos se calmaran. La amenaza de Natália aún resonaba en mí como un susurro antiguo que nunca