Varios días después Carlos Gabriel llegó a casa, se sorprendió al darse cuenta de que el portón estaba con llave, resopló y caminó a toda prisa al interior de la finca.
— ¡Pau! —exclamó llamándola—. Angelito —gritó.
Todo estaba en perfecta calma, y eso no le agradó, la piel se le erizó, entonces miró su móvil y se dio cuenta de que lo tenía apagado.
— ¡Maldición! —gruñó y lo encendió, ahí se dio cuenta de las varias llamadas que Pau le había hecho, caminó con ansiedad a la cocina y parpadeó