Carlos Gabriel se hallaba revisando una facturas en su computador, estaba tan concentrado en su tarea, cuando las voces de dos mujeres interrumpieron su labor.
—Señorita no puede pasar —informaba la asistente.
—Yo no necesito tu permiso —dijo la otra mujer.
Gabo se puso de pie, arrugó el ceño, al reconocer aquella voz, entonces caminó hasta la puerta, y la abrió. Resopló y apretó sus dientes al verla ahí.
—Por favor, escúchame —suplicó.
—No tenga nada que hablar con vos —rebatió él con fir