El pacto de silencio de veinticuatro horas se cumplió a rajatabla dentro de los muros de la habitación principal. Tal como lo había prometido, Ruda mantuvo el mundo exterior congelado. Durante ese día bendito, no hubo radios encendidos en la frecuencia de la organización, ni toques urgentes en la madera de la puerta, ni reportes sobre las fronteras del sur o los movimientos de Iván.
Por primera vez desde que fue acogido en esa casa como un sobrino huérfano y entrenado para ser el arma más leta