El rugido de los motores de las tres camionetas blindadas rompió la pesadez de la noche en el patio de la mansión. Los hombres del primer anillo se movían con una sincronización militar, cargando el armamento y asegurando los chalecos. Ruda ya no llevaba la chaqueta del traje gris; se la había quitado en el camino al garaje, quedando únicamente con la camisa oscura ceñida al cuerpo, cuyas mangas recogidas revelaban los tatuajes que se tensaban con cada uno de sus movimientos. En su cintura, la