Tess no lo pensó. Se lanzó por encima del cuerpo del hombre y, tomando desprevenido a Alexander, le arrebató el cuchillo de la mano. Retrocedió rápidamente, sosteniendo el arma entre ambos. La mano le temblaba, pero estaba determinada a acabar con todo allí mismo.
—¿Qué estás haciendo? —le preguntó el conde, incorporándose lentamente, su voz grave resonando en el aire.
—Salga del carruaje y déjenos ir. No vuelva a buscarnos. Para usted, nosotros estaremos muertos. No volvamos a vernos nunca más