Punto de vista de Astrid
Me senté frente a mi escritorio en la habitación, con el portátil olvidado y las manos descansando inertes sobre la superficie pulida mientras mi mente reproducía una y otra vez la confrontación con Alana. Por mucho que intentara concentrarme en otra cosa, su rostro seguía apareciendo ante mis ojos: esa sonrisa engreída, la calma deliberada en su voz, la forma en que me había mirado como si yo fuera algo temporal. Algo que estorbaba.
Sus palabras resonaban en mi cabeza, afiladas y precisas.
«Me informaron de que la relación entre vosotros dos no es real. Es un contrato».
Apreté la mandíbula. Lo sabía. Sabía algo que nunca debió salir del espacio entre Aiden y yo. Ese acuerdo era confidencial. Él lo había dejado muy claro. Me había mirado a los ojos y me había dicho que no era asunto de nadie más. Incluso me había hecho prometer que no le diría una palabra a nadie.
Y, sin embargo, Alana lo sabía.
Bufé en voz baja, la rabia ardiendo caliente en mi pecho. «Increí