Selena
Estaba sentada en el despacho de mi jefe, aferrándome con fuerza al borde de la silla, la cara empapada por lágrimas que ya no podía controlar. La habitación olía ligeramente a madera pulida y café, pero apenas lo notaba. Mi mente iba a mil, intentando descifrar cómo un simple error había podido convertirse en lo que parecía un apocalipsis profesional. Abrí la boca para hablar, pero las palabras se desvanecían antes de formarse.
Llevaba minutos allí, suplicándole que me dejara explicarme