Selena
Estaba sentada en el despacho de mi jefe, aferrándome con fuerza al borde de la silla, la cara empapada por lágrimas que ya no podía controlar. La habitación olía ligeramente a madera pulida y café, pero apenas lo notaba. Mi mente iba a mil, intentando descifrar cómo un simple error había podido convertirse en lo que parecía un apocalipsis profesional. Abrí la boca para hablar, pero las palabras se desvanecían antes de formarse.
Llevaba minutos allí, suplicándole que me dejara explicarme.
Por fin, mi jefe alzó la vista del ordenador; sus ojos eran fríos, afilados e inflexibles. «Bien. Explícate», dijo con tono cortante. «Quiero oír la tonta excusa que tengas para este comportamiento inaceptable».
Tragué saliva con dificultad; la voz me temblaba cuando empecé. «Yo… envié la dirección del Spring Café, señor. Esa era la dirección que quería para el cliente. No sé qué pasó… de verdad que no lo sé».
Se recostó en la silla, tamborileando los dedos con impaciencia. «¿Te das cuenta del