Astrid
Me encontraba en el centro del salón de baile, girando lentamente en círculos mientras mis ojos recorrían cada detalle.
Las arañas ya estaban encendidas, sus cristales capturando la luz y esparciéndola por el suelo pulido. Largas mesas alineadas contra las paredes, cubiertas con manteles de marfil, esperaban ser llenadas. Avancé unos pasos y me detuve bajo el proyector montado cerca del techo, inclinando la cabeza hacia arriba para comprobar la alineación.
—Enciéndelo otra vez —dije.
Un momento después, la pantalla cobró vida. La imagen se enfocó, estable y clara.
Bien.
Rosa estaba a mi lado, con su carpeta apretada contra el pecho, la postura recta y atenta. Tenía esa expresión familiar en el rostro, la que siempre ponía cuando esperaba instrucciones, lista para actuar en el segundo en que yo hablara.
—¿Hemos recogido todo? —pregunté en voz baja, sin apartar los ojos de la pantalla—. Todas las pruebas. Cada exhibición.
—Sí —respondió Rosa sin dudar—. Todo está listo. No falt