Astrid
Antes de que pudiera procesar adecuadamente la extraña emoción que cruzó el rostro de Alana, desapareció tan rápido como había aparecido, casi como si nunca hubiera estado allí. Incluso el momento pasó como si nunca hubiera existido, reemplazado por esa familiar sonrisa engreída que siempre llevaba con tanto esfuerzo, la que siempre me hacía querer discutir con ella o tirarla por la ventana más cercana. O, mejor aún, borrarle esa suficiencia de la cara de un golpe.
Comenzó a caminar haci