CAPITULO 36

PIERO

Al cerrar la puerta de la alcoba, me recosté sobre la madera blanca cerrando los ojos y maldiciendo al mundo entero por lo que estaba pasando.

Respiré hondo y con el dorso de mi mano derecha, sequé mi rostro. Si ella deseaba marcharse sin darnos una oportunidad para ser felices, no la detendría de ningún modo porque era irrebatible que prefería darle lugar a su orgullo que a la posibilidad de una explicación. Sin embargo, la entendía… comprendía todo lo que seguramente estaba sintiendo po
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