Diana salió de la casa de sus suegros con el corazón roto y la mente nublada de tanta preocupación.
Había ido a visitarlos con la esperanza de que le permitieran llevarse a sus hijos, pero en lugar de eso, se encontró con aquella negativa y los insultos.
Se había esforzado tanto por ser una buena esposa y una buena madre, pero parecía que nunca era suficiente.
Ni para Alexander, ni para sus suegros, ni para su padre.
No sabía qué hacer, debería pedir un taxi o llamar a Mathew para que pasara a