El doctor le había dado el alta a su marido al día siguiente.
Le recomendaron que hiciera el mínimo esfuerzo y que intentara siempre moverse en la silla de ruedas.
Diana se sentía muy culpable por haberlo atropellado, pero ¿a quién se le ocurría colocarse en mitad de un camino, de noche y sin iluminación?
Le habría gustado mucho escuchar la serenata y su corazón comenzó a albergar de nuevo esperanzas al darse cuenta del esfuerzo que estaba haciendo su marido.
—¡Papi, estás vivo! —gritaron los n