—¡No es gracioso! Desátanos —gritó Diana al ver que Alexander se agarraba el estómago de tanto reírse.
—¡Papá, ella me amarró! —mintió Nathan.
—Eso no es cierto, no mientas. Por favor, Alexander, desátanos y te explico, me están comiendo las hormigas.
—Ahora regreso —dijo y se marchó dejándola de nuevo allí.
Volvió a los pocos minutos con un gran cuchillo en las manos.
—Dime que eso es para desatarme y no para acabar conmigo y enterrarme donde nadie me encuentre.
—Tú y tu imaginación, Diana —se