El silencio en el coche fue opresivo durante todo el trayecto de regreso. Ninguno de los dos se atrevió a hablar, como si las palabras pudieran romper algo aún más frágil que lo que ya estaba roto entre ellos. Ariel miraba por la ventana, pero no veía nada. Su mente estaba envuelta en una nube de confusión y tristeza. Todo había cambiado en cuestión de días, y ahora su vida pendía de un hilo, un hilo que apenas lograba sostener. Alejandro, a su lado, mantenía ambas manos firmemente aferradas al