Se negó hablar a solas con él, pero Alejandro la sujetó del brazo, llevándola lejos de su padre, para que pudieran tener una charla sin que el señor Clinton interfiriese.
—¡¿Pero qué demonios es esto?!
—¿Qué? ¿No querías el divorcio? Podemos divorciarnos, es lo que deseas, ¿por qué parece que te estás quejando?
—Abigail, te lo diré claro, no estoy para juegos, no voy a jugar a esto. ¡Te querías divorciar! ¿Qué demonios es esta farsa? ¿Por qué actúas de este modo? Nos vamos a divorciar, tú tambi