Austin cortó la llamada y se puso como una fiera que estaba en cautiverio, él caminaba de un lado hacia el otro y maldecía.
—Maldita perra, ahora ya no me tienes miedo. Si a ti se te ocurre decir algo, será mi ruina.
Él tomó su escritorio y le dió una vuelta completa. El estruendo, al ser escuchado por sus hombres, fueron corriendo y entraron sin ser bienvenidos.
—¡Largo de aquí! —Austin gritó con fuerza mientras una vena se resaltaba en su cuello —¡No quiero saber nada de nadie!
Los hombres sa