ZAYED
Entré a mi propia casa esperando encontrar a mi esposa y a la niña, y me encontré con una tormenta.
Había una mujer de pie en medio del salón, con Valentina en brazos y una mirada que me atravesó como un cuchillo en cuanto crucé el umbral. No la conocía. Pero no hacía falta ser adivino: tenía los mismos ojos de Mariana, el mismo mentón terco, la misma manera de plantarse en el suelo como si fuera dueña de él. Y me miraba con un odio tan puro, tan personal, que por un segundo repasé mental