ZAYED
Entré a mi casa como entra una tormenta.
Los restos de la fiesta seguían ahí: carpas a medio desmontar, botellas vacías, meseros recogiendo copas, flores marchitándose en el calor de la mañana.
Mi padre estaba en el comedor, desayunando, tan tranquilo como si fuera un día cualquiera.
—Buenos días, hijo. —Ni levantó la vista del periódico—. Llegaste. Tarde, como era de esperarse, pero llegaste.
Le arranqué el periódico de las manos de un tirón.
—¿Dónde está mi esposa?
—Esa es una excelente