MARIANA
—¡Mamá, mira! ¡Otra vez la mariposa morada!
Valentina corría por el jardín detrás de una mariposa que parecía la misma de ayer, la misma que nunca se dejaba atrapar. Yo la miraba desde la banca de piedra, con un café en la mano y la cabeza en cualquier parte menos ahí.
Porque no podía dejar de pensar en la mañana.
En cómo desperté. Encima de él. La cabeza en su pecho, la mano aferrada a su camisa, como si mi cuerpo, mientras yo dormía, hubiera decidido por su cuenta hacer exactament