MARIANA
—Y luego el señor de los naranjos me subió a sus hombros, mamá. ¡A sus hombros! Y alcancé la naranja más alta de todo el árbol. La más alta.
Le pasaba el cepillo por el cabello mojado, despacio, mientras mi hija no paraba de hablar.
—¿En serio? —Sonreí—. Qué afortunada.
—Y hace voces de pato. Y de león. Y me dejó comer dos naranjas aunque dijo que una. —Bajó la voz, cómplice—. No le digas que fueron dos.
—Tu secreto está a salvo. —Le di un besito en la coronilla—. Me alegra que te divir