MARIANA
Desperté sola en la cama.
El lado de Zayed estaba vacío, las sábanas revueltas, pero su calor todavía ahí. Y cuando abrí del todo los ojos, lo encontré de pie a unos pasos, frente al clóset, poniéndose la ropa.
Sin camisa.
La espalda descubierta, ancha, dorada por la luz de la mañana, los músculos moviéndose mientras buscaba una camisa. Me quedé mirándolo más tiempo del que debía. Mucho más.
—Puedes seguir mirando —dijo, sin voltearse, con una sonrisa en la voz—. No cobro por las mañana