MARIANA
Entré a la habitación con Valentina en brazos y la senté sobre la cama.
Mi hija abrió los ojos como platos. Giró la cabeza para ver todo: el techo altísimo, las cortinas pesadas, el ventanal con la ciudad encendida del otro lado.
—Mamá. —Soltó un suspiro de asombro—. Esta es la habitación más grandiosa del mundo entero.
—¿Verdad que sí? —Le sonreí, sentándome a su lado—. Aquí hasta uno se pierde para ir al baño.
Se rio con esa risa suya de cascabel.
La puerta se abrió. Zayed entró, y t