MARIANA
Bajé del auto antes de que se detuviera del todo.
—Mariana. —La voz de Zayed me siguió—. Espera. Detente.
No me detuve. Estaba demasiado enojada, demasiado confundida, demasiado todo. Entré al palacio a paso firme, con los tacones repiqueteando sobre el mármol, dispuesta a encerrarme en la habitación y no verle la cara hasta el día siguiente.
Y entonces una voz pequeña, una voz que reconocería entre un millón, atravesó todo el vestíbulo.
—¡Mamá!
Me quedé congelada.
Me giré despacio, seg