ZAYED
Desperté con el cuello hecho un nudo.
Me dolía la espalda, el hombro, hasta un punto raro a la altura de la nuca que no sabía que existía. El sillón de terciopelo azul era bonito de ver y un instrumento de tortura para dormir. Me incorporé despacio, haciendo muecas, y por primera vez en mi vida entendí algo que nunca me había molestado en pensar.
Mariana había dormido aquí. Más de un mes. Noche tras noche, sin una queja que yo recuerde, mientras yo me estiraba a mis anchas en una cama del