60

Cuando David se enteró de que Mardeli había puesto su cargo a disposición, decidió regresar.

Ella todavía estaba en la oficina y cuando volvió a casa lo encontró con su hijo dormido en el pecho.

—¡Hola!

Saludó. No podía gritarle y maldecirlo aunque lo deseara, su hijo despertaría asustado.

—¿No te molesta que esté aquí?

Preguntó él, alzando una ceja que en otra ocasión resultaría muy atractivo.

—Es bueno que veas a tu hijo por última vez.

—Eso está por verse. No creas que aceptaré tu renuncia.

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