Cuando David se enteró de que Mardeli había puesto su cargo a disposición, decidió regresar.
Ella todavía estaba en la oficina y cuando volvió a casa lo encontró con su hijo dormido en el pecho.
—¡Hola!
Saludó. No podía gritarle y maldecirlo aunque lo deseara, su hijo despertaría asustado.
—¿No te molesta que esté aquí?
Preguntó él, alzando una ceja que en otra ocasión resultaría muy atractivo.
—Es bueno que veas a tu hijo por última vez.
—Eso está por verse. No creas que aceptaré tu renuncia.