36

Al día siguiente que desperté no podía ni siquiera moverme en la cama porque Cárlenton me tenía abrazada de la cintura, su cabeza recostada en mi hombro y con su pierna me estaba entrelazando, me tenía como su prisionera.

Me molesté porque me urgía ir al baño y él nunca despertaba por más que le hablara.

—¿Qué pasa, amada mía? ¿Te sientes mal?

Pregunta todo adormitado después de casi aventarlo al suelo con una patada voladora.

—No. Solo muévete antes de que me haga pis aquí en la cama.

Dije,
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