El fin de semana acabó. Lo sentí muy lento, estaba loca porque mi amigo volviera de visitar a su familia para que me contara a detalle lo que habló con mi estúpido exjefe.
Hasta entonces él encendió su teléfono. Pero solo para preguntarme si el bebé se estaba portando bien y para informarme que estaría otros días fuera de la ciudad.
Prometió que hablaríamos del tema hasta su regreso, ¡maldición, muero de ansiedad! Pero no me queda otra opción que esperarlo.
Justo cuando acababa de colgar, mi teléfono volvió a timbrar, era él… Cárlenton.
Dijo que estaba afuera esperando a que le permitiera entrar. Juró ser breve e irse cuanto antes si su presencia me incomodaba.
Lo hice pasar, mi curiosidad era tan fuerte que en cuestión de segundos ya estaba abriendo la puerta.
Me pidió, no, mejor dicho, me ordenó que me sentara. Yo muy obediente lo seguí hasta el sofá.
—Dayana, te pregunto por segunda ocasión. ¿Este bebé, es mío?
Volví a negarlo. Ya había decidido dar a luz y cuidarlo por mi c