Comienza la entrega de títulos, estoy impaciente. De haber sabido que este hombre estaría presente, hubiese retirado el título por ventanilla y me evitaba esta angustia.
Cuando escucho mi precioso nombre me levanto y me dirijo hacia la tarima a recoger mi tan anhelado título.
Estoy nerviosa, desde que salí de la empresa no había vuelto a ver a Cárlenton, ni había escuchado nada sobre él y ahora de repente lo tengo frente a mí y lo que más me enoja es que él está con una sonrisa estúpida en su maldito rostro perfecto.
Me acerco a donde él se encuentra de pie. Él no pierde tiempo y recorre mi cuerpo con su mirada coqueta, hasta que, de repente su mirada se estaciona en mi vientre y se le borra la sonrisa de inmediato.
Finalmente me entrega el título y nos estrechamos la mano por cortesía, se acerca a mi oído y pregunta en un susurro —¿algo que deba contarme, señorita?
No sé de dónde saqué valor, pero con una sonrisa en mis labios y disimulando mis nervios le respondo: —NADA, SEÑOR.
Él