Miro al frente, ignorando al robot que camina a mi lado –un sexy y atractivo robot, debo acotar—, y me concentro en el cálido color amarillo de la iluminación interior del teatro resplandeciendo a través de los amplios ventanales que, como carta de presentación, nos dan la bienvenida al Met. Los nervios comienzan a traicionarme, provocando temblores involuntarios en mis manos y una evidente vacilación en cada una de mis respiraciones a medida que avanzamos al interior del hermoso y elegante tea