La puerta del consultorio se abrió, y Charles salió con el rostro desencajado. Se detuvo en seco al ver a Erik frente a él. La expresión de su hijo lo decía todo: había escuchado la conversación.
—Papá, lo siento mucho… de verdad. No puedo imaginar cómo te debes sentir —dijo Erik con voz suave, tratando de calmarlo.
Charles bajó la mirada, atormentado. Su usual firmeza parecía haberse desmoronado.
—Esto es peor que la enfermedad en sí, hijo. Saber que alguien ha estado queriendo matarme todo es