Mark y Sasha apenas podían respirar cuando escucharon los golpes insistentes en la puerta.
—Es… es mi madre —susurró Mark, pálido—. ¿Qué hace aquí?
—No lo sé, pero tienes que esconderte, ¡rápido! —Sasha señaló el clóset, mientras se recomponía la ropa y se acomodaba el cabello con manos temblorosas—. Vamos, entra ahí, por favor.
Mark asintió y, con el corazón latiendo con fuerza, se deslizó en el clóset, cerrando la puerta sin hacer ruido. Sasha respiró hondo, tratando de calmarse antes de abri