-¡Dios miooo!
Lo primero que hizo Adrian al salir de su despacho casi cayendo con todo en el pasillo, fue correr hacia el cuarto de Emma, como un instinto paterno que había adquirido con el tiempo.
Necesitaba confirmar que la niña aún estuviera allí, donde él la había dejado, jugando pacíficamente sobre la alfombra con sus juguetes favoritos.
Con el corazón en la garganta y los pulmones al rojo vivo sin poder respirar, abrió la puerta de par en par, descubriendo que Emma no estaba allí.
Estaba