★Amelia
—¡Papiiiii! —grité con todas mis fuerzas mientras corría por el pasillo como si fuera una superheroína con capa invisible—. ¡Traje la comidaaaa!
Todos se quedaron mirándome, hasta el señor con cara de limón que estaba en una puerta. Seguro pensó que yo era un fantasma porque se le cayó el café en la camisa. Eso me dio risa, pero fingí que no, porque mamá Lulú dice que no debo reírme de los adultos, aunque sean chistosos.
Lulú venía detrás de mí con una cajita de comida. Caminaba rápido, pero se veía nerviosa, como si le diera miedo el suelo. ¡El suelo! ¿Cómo puede dar miedo el suelo?
—Amelia, camina despacio, por favor —me dijo en voz bajita.
—No puedo, mami, mis pies tienen prisa.
Y corrí más rápido.
Cuando llegamos frente al elevador, Lulú apretó los labios como si se hubiera comido un limón.
—Subamos por las escaleras, ¿sí? —me pidió.
—¿Por qué? ¿Tienes miedo del monstruo del elevador?
—No, solo… no me gustan los espacios cerrados. Claustrofobia...
—Ah, sí, eso de “castrofo